Qué importante es recomendar a los demás reflexionando de
nuestro yo, de nuestras acciones positivas para seguir conservándolas y
madurarlas, también de las negativas para mejorar o superarlas.
Todo es muy hermoso cuando nos apoderamos de la palabra y
sermonear a quienes nos escuchan con atención o tal vez con admiración porque
piensan que hablamos de nuestra práctica y que somos un “modelo a seguir” o imitar.
Sin embargo solo son palabrillas que se esfuman en ese momento
por el delicado soplo del viento que se las lleva a guardarlas muy lejos del lugar
de donde salieron.
¿Por qué nos cuesta tanto hacer lo que decimos? ¿Por qué nos
alejamos o desconocemos la coherencia? ¿Por qué somos duchos predicando y no
practicando? ¿A caso es parte del gen humano? Y muchas veces nos lucimos con
valores y más valores, que se convierte el rezo diario.
Los jerárquicos deben dar el ejemplo, los jefes, directivos…
se vocifera para justificar nuestro error. No lo hago porque él o ella no lo hacen,
es decir, me incorporo al mismo círculo vicioso que nos va devorando poco a
poco.
No quiero seguir detallando situaciones que son muy conocidas
que van en contra de nuestra práctica humana, ciudadana, profesional y laboral como aquellos trabajadores que
reclaman más salario, menos horas de trabajo, pero no cumplen con su deber.
Saben que deben ingresar y salir en un determinado horario para cumplir su
jornal y no lo hacen, más bien llegan tarde, media hora o hasta una hora
después y firman como si hubieran
llegado puntual, en la salida se retiran antes de la hora pero firmando como si
como si hubiesen cumplido su horario.
Este ejemplo muy conocido en el sector público de educación y
cuando se le conversa y sugiere para que no lo hagan se incomodan aduciendo a
su nivel en el que se encuentran, “que les permite hacer lo que quieran” por
encima de los respectivas autoridades.
No hay comentarios :
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.